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El amor como consecuencia

 
Quién sabe con qué motivo Gerónimo tiene esa tan divina rutina, separa los párpados casi al unísono con el inquieto repicar del despertador que yace en la mesa contigua a su camita individual, lanza manotazos al aire contra aquel tortuoso invento de la tecnología, se sienta en la orilla de su mini cama mientras lucha por mantener la mirada fija advirtiendo (o disfrutando) cada pequeño síntoma de dolor inquietante proveniente de sus iris. Se termina de levantar mientras va casi arrastrando los pasos al baño, se asea, divisa en el aún más pequeño espejo de su cuarto de baño todas las marcas de su rostro, alguna arruga, ojeras, o quizás se fija en lo tenebrosa que puede llegar a verse su barbita de días, sale del cuarto de baño casi corriendo pues piensa que es un lugar en el que no se debe durar mucho tiempo, no vaya a ser que Hitchcock se antoje de hacer presencia en su cuarto y así vengarse por la ausencia de una novela de verdad en su repertorio. Gerónimo vivía en un pequeño apartamento en plena Plaza de su ciudad, trabajaba de noche en una paupérrima clínica recibiendo las más cruentas emergencias. Luego del típico y diario baño y aseo él se dirigía al mismo café, compraba el mismo diario de noticias en el mismo lugar, se sentaba en la misma silla, todo esto de manera automática, sin excepción alguna.

Uno de esos tantos días de repeticiones constantes del sagrado ritual, Gerónimo pudo advertir que una muchacha de ojos hermosísimos lloraba dos mesas frente a él, sin saber como proceder más allá de ese instinto vouyerista que lo obligaba a ver, a disfrutar aquella sensación tan ajena, a admirar su frondosa cabellera color azabache, sus hombros al aire, sus piernas preciosas pero sobretodo; sus lágrimas. Sin querer dejó enfriar su café e ignoró blasfemamente el diario de noticias que seguramente no tendría ninguna crónica positiva – como todos los días. Había dejado de pensar en la vida y sus utopías, había dejado de leer el noticiero y de beberse religiosamente su café, y aún no le hablaba. “Es increíble como una mujer te cambia hasta las buenas costumbres sin siquiera mover un dedo” Exclamó al notar lo insípido y congelado que estaba su café expresso y al notar el diario crucificado en el mismo doblez que tenía cuando cambió de dueño. Él se atrevió y olvidando los protocolos se le acercó, opacando el rayo de sol que incendiaba sus cabellos, se paró tras ella y con un movimiento de cisne sacó de su chaqueta un pañuelo que secara aquellas incesantes lágrimas, que ya armaban una canal en sus pómulos, no esperó la invitación y enseguida tomó asiento frente a ella, él tenía un rostro armonioso y diáfano, sin marca alguna de desconfianza.

- No pretendo entrometerme, llora todo lo que quieras pero quiero que sepas que no estás sola –Comentó con el miedo a recibir una grosería o improperio aceptable debido a su imprudencia. Pero fueron diez minutos de silencio incómodo para Gerónimo.

- ¡¿Qué haces aquí?! – exclamó la misteriosa chica sin siquiera alzar el rostro, con una voz chillona y desafinada.

Él notó en el grito que ya las lágrimas habían cesado y que la joven se mostraba más estable, incluso haciendo uso de las razones de cualquier mujer que se siente acosada. Entonces, mostrándose fastidiado se puso en pie, le lanzó una mirada tierna, encendió un cigarrillo.

- Señorita, las lágrimas nos obstaculizan la vista, nos evitan conseguir soluciones. Espero que tenga un buen día, quédese con el pañuelo.

Y Gerónimo con esa última frase decidió marcharse, continuar con su vida, sin poder olvidar las bellas lágrimas de aquel rostro tan hermoso, << espero que sus problemas disminuyan >> se dijo así mismo para fulminar las ganas que tenía de regresar y pedirle matrimonio a aquella hermosa fémina.

El día continuó, llegó la noche y con su entrada ¡las emergencias!, el asqueroso olor a alcohol y desinfectante, alguna tibia fuera de su sitio, algún balazo en el tórax de algún desgraciado mal ubicado o alguna golpiza familiar, todo eso pasó por la indiferente mirada de Gerónimo que solo se encargaba de ser el canal paciente-médico. Salió a las 3 de la mañana, fue a su pequeño apartamento que se encontraba a quince minutos de su trabajo e intentó dormir sin saber qué pasaría.

Sus ojos se abrieron y el repetitivo método volvía a su cause, los manotazos al despertador, el temor al cuarto de baño, el paseo madrugador por las calles hasta llegar al café de siempre, ¡todo marchaba como siempre!, la diferencia vino luego de absorbido el primer sorbo del café expresso de siempre, cuando, al disponerse a leer las noticias de un mundo tan jodido sintió una mano que chocó con su hombro tieso y flexible a la vez.

- Fuiste muy atrevido ayer, ¿Me permites? – Dijo ella mientras tomaba una silla, ahora con una cara cubierta de maquillaje, más hermosa, con un semblante totalmente distinto al mostrado el día anterior en ese mar de agua salada que vertían sus ojos.



Conversaron, se miraron, se disculparon y se agradecieron: se conocieron.



Ella se sintió atraída por ese acto de heroísmo que –sin él saberlo- la había salvado de un acto más radical y terrible. Añadida dicha aventura a sus maneras sutiles, sus ojeras marcadas y sus grandes manos, ella vio en Gerónimo una esperanza de amor que hasta los momentos solo formaban parte de una utopía para ella. ¡Alicia, qué nombre más bonito! ¡Yo en cambio lo detesto! ¡Alicia me arrecha que me pellizquen! ¡Pues te la calas, fue tu culpa por meterte en mi vida!



Él tan metódico y lógico, planeando todo en su vida; desde las visitas al baño hasta las veces que debía tomar agua, trazando en plan de cada cuánto encender un cigarrillo o en qué parte de la noche arroparse. Ella, tan alocada como un volcán en erupción, dando el primer beso, siendo la primera en tocar poblaciones íntimas, encaramándose sobre los tiesos muslos de Gerónimo, ella que no veía malas noticias y que a cada mañana estropeaba el sistema matutino de su caballero al atravesarse en el cuarto de baños y durar ¡horas!. El lo planeaba todo y ella no creía en los planes.

El amor los resurgió, él dejó de creer en las estadísticas y ella empezó a darle horas aproximadas a sus aventuras de alcoba, el amor los cambió, o ¿Ellos cambiaron por el amor?

Se conocieron más y empezaron a compartir sus miedos, ella lloró de la risa al escuchar sobre sus piernas el continuo miedo de su caballero a durar mucho tiempo en cualquier cuarto de baño, pensando que algún escritor inglés lo mataría a apuñaladas mientras él, escuchaba atontado como un niño, las historias del padre muerto de Alicia, sus hazañas en el cuadrilátero hasta que un día, de esos malos, un accidente automovilístico apagó sus latidos.



Se estaban amando con tanta pasión que no eran capaces de visualizar las radicales diferencias que los marcaban, el amor cruzó esa pequeña salita donde él leía algún capítulo de La fiesta del Chivo y ella en la otra esquina pintaba sus uñas de un color rojo tan apasionante como todas y cada una de sus locuras. Ella en un arranque de melancolía soltó una lágrima al pensar en lo que la afligía en aquella trágica mañana en la que el osado de Gerónimo se acercó a su mesa, sus manos temblaban pintando sus dedos (más que sus uñas) y fue cuando en un susurro ininteligible, quien sabe si con la intención de ser escuchada o de escucharse ella misma dijo “Ya llegará el momento ideal para contarte aquella aflicción, gracias por sacarme del infierno”.



Héctor L. González

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Fecha 7/2/2011 3:04:08
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Autor Hilo
Anónimo
Enviado: 2/11/2012 23:09  Actualizado: 2/11/2012 23:09
Icon Re: El amor como consecuencia
Una linda Historia Bien Narrada saludos desde Argentina

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